Temporada de huracanes por Fernanda Melchor
- 6 jun 2019
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 9 abr 2020
¿Les ha pasado que existe un libro del que todo el mundo habla sobre lo maravilloso qué es y que al leerlo te das cuenta de que está terriblemente sobrevalorado y que no es tan grandioso como todo el mundo dice?
Pues ese no es el caso de “Temporada de Huracanes”. Al contrario. Todo lo contrario.
No exagero al decir que es lo mejor que he leído en este año e, incluso, en varios años. Pocos libros me han impresionado tanto como este y, sobretodo, no le tengo ni un solo pero, ni una sola crítica. Para escribir la reseña tuve que detenerme, calmar un poco la emoción que me dejó el libro e intentar analizarlo de manera más racional y concluí que, efectivamente, con la cabeza más fría seguía siendo uno de los mejores libros que he leído en toda mi vida. Mi fascinación ha llegado al punto de que he decidido convertirme a la religión de “Temporada de Huracanes” y ser una más de sus apóstoles, es decir, lograr que la mayor cantidad de personas posible lo lean y ustedes son mis primeras víctimas.
Todo lo que sabía de “Temporada de Huracanes” eran dos cosas: que todo el mundo estaba hablando de ese libro y que tenía que ver con el asesinato de una bruja. Cuando lo compré, me sorprendió que el tipo que me entregó el libro pareciera estar harto de él: apenas dije “Temporada…” y él completó el resto, agregó el nombre de la autora y ya como si fuera un movimiento automático se dirigió al estante correspondiente y regresó con el libro. Me dio la sensación de que había hecho ese movimiento unas mil veces ese día. Todo este misterio no hizo otra cosa que aumentar mi curiosidad al respecto. A final de cuentas, ¿qué tan frecuente es que una autora mexicana sea tan leída y recomendada?
Empecemos, entonces, con lo primero que noté al iniciar la novela: la técnica narrativa es increíblemente peculiar. ¿Por qué? Porque no hay párrafos. Este libro no sigue el formato clásico de párrafos y diálogos que inician y cierran con un guión largo: los diálogos, cuando los hay, siguen metidos en ese masacuate gigantesco (no tanto, son 200 páginas). Este tipo de técnica da una sensación de extrema velocidad: las palabras y la historia parecen ir rápido, es decir, pausar la lectura es una cosa arriesgada porque te quedas en medio de una idea o de una historia contada por tal personaje y esto sólo genera muchísima hambre de seguir leyendo o que pases el resto del día pensando en que ya quieres volver a tomar el libro para descubrir qué pasó. Toda la novela es como si la autora hubiera vomitado el texto de golpe y éste hubiera salido rápido y caliente de su garganta. Durante una entrevista, la autora refirió que con esa manera de escribir quería homenajear, hasta cierto la manera que tiene la gente de Veracruz para contar chismes (y vaya que lo logro, como detallaré después)
Tan sólo en otra ocasión me habría topado con un libro que decidiera usar un ritmo semejante: Saramago. Pero Saramago se quedaría helado con lo siguiente: el lenguaje que la autora utiliza va de lo popular, a lo vulgar, a lo refinado en un dos por tres. Y es una joya porque podemos encontrar imágenes como la de “CITA”, pero también podemos leer palabras como “masacuate” o “verga”, los cuales definitivamente no son usuales de leer en una novela. Lejos de dar la sensación de que el uso de esas palabras tiene el fin de escandalizar o de ser la vil copia de un Miller describiéndose teniendo sexo, el uso de este tipo de lenguaje me parece que apela a la cotidianidad del ser mexicano (a final de cuentas, cuántos mexicanos no decimos “verga” diariamente: este país es una joya de causas para decir “verga”). Y es que cada palabrota se siente tan natural porque si bien hay un tipo de narrador omnisciente, el narrador parece seguir a ciertos personajes en cada capítulo, a veces los absorbe, a veces habla por ellos: entonces es completamente natural oír al malandro del pueblo hablando de esa manera. Simplemente resultaría extraño que el personaje de la prostituta en lugar de decir “... todos sueñan con enseñarte su pitito y que tú digas: uy, que animalón tienes, papacito, y que rica te sabe” dijera “el género masculino tiene una fuerte tendencia al deseo de exhibir su miembro erecto a mujeres como tú. Su expectativa es una respuesta considerablemente entusiasta sobre el tamaño y el sabor de su pene erecto, además de desear ser llamados de manera semejante a tu progenitor para perpetuar la fantasía pedofila de sexualizar a mujeres menores que ellos”.
Me gustaría continuar, antes de abordar la trama por fin, por describir dos cosas: el lugar y el tiempo. Hablando del tiempo, éste va de un momento a otro. Inicia (no es ningún spoiler) con el descubrimiento del cuerpo de la Bruja y luego va hacia atrás, hacia adelante, hacia donde se le pegue la gana. La mayor parte de la novela (casi la mitad), yo creí (por diversos motivos que no les puedo revelar) que la novela se ubicaba a principios del siglo XX, en algún pueblo recóndito de México: cuál fue mi sorpresa cuando un personaje utiliza un celular y descubrí que la historia no era tan lejana, en la línea temporal, a mi propia existencia. La mayor parte de la novela se desarrolla en pequeños pueblitos cercanos, en mayor o menor medida, al mar. Y cada pueblito recóndito, acosado por el húmedo calor y los mosquitos, me recordaba a una versión tropical de Comala de Rulfo. Quizás fue porque las descripciones me provocaron una sensación de soledad y abandono, quizás fue la presencia de lo mágico (y mejor aún, lo tenebroso, la magia oscura) que rodea a la historia pero cada pueblito, en especial La Matosa, parecía estar asediado por fantasmas de diversos tipos: tanto los emocionales como los clásicos espíritus.
A estas alturas quizás se estén preguntando, bueno, ¿y de qué se supone que trata el libro? Y esa sería una respuesta muy complicada de responder.porque en la primera página del libro nos enteramos que el personaje principal, la Bruja, está muerta, como si fuera Game of Thrones.. Y si bien no sabemos quién la mató (y parece que nadie tiene mucho interés por saberlo), la novela de alguna manera nos intenta contar la historia de todas las historias que rodean a la muerte de la Bruja. Es decir, de repente nos vemos leyendo la vida de personajes qué no entendemos qué conexión tienen con el hecho principal, pero que conforme avanzan las páginas logramos generar cierto frágiles lazos que los ligan, de una manera u otra, a la muerte de la Bruja.
Lo interesante de esto es que obviamente las historias que rodean una muerte así no son historias convencionales, es decir, que en ese susurrando chisme que Melchor nos cuenta nos enteramos de las peores cosas de las peores familias de la zona. La autora se refirió a su novela como un “rancho-drama” y hasta cierto punto lo es: nos enteramos de chismes jugosisimos de la raza veracruzana. Pero, por supuesto, que no se queda ahí.
Lo que yo creo que es de mis cosas favoritas del libro es que básicamente la autora logró meter toda la concepción patriarcal de la realidad mexicana en 200 páginas. Creo que dijo más sobre la misoginia en el país que cualquier presidente del país en los últimos 70 años. Y es que Melchor abarca básicamente TODO. Empecemos con la figura de la Bruja: la Bruja tiene cierto significado relacionado con la rebeldía, especialmente la rebeldía a ser la figura sumisa y devota que una ética católico-occidental impone. “Somos las hijas de las brujas que no pudieron quemar” dicen algunas pancartas durante las marchas feministas. La Bruja es esta figura independiente, pero perseguida. Y oigan esto: entre muchas de las cosas que la Bruja hace en su oficio de Bruja, una de ellas es ayudar a las mujeres a no tener los productos que no quieren, por sus respectivos motivos, tener. Es decir, es una Bruja que proporciona las herramientas para practicar abortos clandestinos. Además de la bruja, tenemos la presencia de la violación y el abuso sexual, el trabajo sexual, la orientación, el género, la maternidad, la nula educación sexual (un personaje ni siquiera sabía lo qué era la menstruación), el acoso, entre otros mil temas que vienen, desafortunadamente, de la mano de ser mujer. Tenemos personajes femeninos que nos prueban magistralmente que no, no siempre tenemos que ser el interés romántico del protagonista solamente y que, oh sorpresa, las mujeres somos un poco más complejas que ello: desde Chabela, trabajadora sexual, la abuela que no se da cuenta de que el nieto es una basura, hasta Norma, una niña de trece años, podemos ver todas las facetas del ser mujer y vivir siendo mujer en México. Sin embargo, no significa que los personajes masculinos sean abandonados y transformados en simples figuras que rellenan la trama: al contrario, realmente a Melchor no se le fue un personaje sin dotarlo de una historia, una personalidad y una función.
La novela no se conforma con involucrar asuntos de género, sino que todavía va más allá e inserta todo el universo de México en sus breves páginas. Es decir, tenemos presente la figura de la violencia: misógina, como ya mencioné, pero también la que se derivada del narcotráfico porque como todo buen pueblo mexicano, la figura intocable del narco está presente, impune a toda ley y toda regla. La pobreza, la falta de educación, al descarado abuso de los políticos son algunos de los temas que la autora toca y que sin decirnos mucho, nos pone a reflexionar sobre ello.
La verdad es que el libro estaba condenado a ser perfecto para mi: la historia es sombría, oscura y fuerte, entremezclando lo paranormal y lo extraordinario con lo real, sin saber hasta qué punto lo extraordinario es realmente mágico. El abordar temas de género, violencia y pobreza con tal criticismo es una hazaña por si sola, pero además hay que sumarle el creativo y veloz ritmo de la novela a la Saramago, la excelente prosa y los personajes profundos, los brincos en el tiempo que hacen parecer que la novela tiene un tipo de forma de caracol en lugar lineal, que lentamente te va dando pistas para que descubras la historia completa, pero si se te pasa una quizás ya no la entiendas toda, además de esas vibes que me da a Crónica de una muerte anunciada, Pedro Páramo y quizás incluso Aura pero mejorada todavía más. Hay veces que una novela tan técnicamente complicada puede no tener una complejidad en la trama tan notoria, pero esta novela logró llevar ambas historias al máximo.
No me queda más que decir que de verdad es una novela que vale completamente la pena y que espero que se le dé el mérito que merece. No sólo lo celebro porque está escrito por una mujer, sino que también quiero resaltar que es algo nuevo e innovador, es una autora que tenemos que seguir. Dedicamos este blog a mostrar todo ese trabajo literario que está escrito por mujeres y que por ello mismo es invisibilizado, pero ahora nos encontramos con el fenómeno de que hay un libro escrito por una autora, que está ganando mucha popularidad. Creo que es justo por ello que hago mayor énfasis es destacar el trabajo de la autora, la originalidad de su trabajo y las mil toneladas de talento que desborda en cada palabra. Así que, ¿qué esperan para leer “Temporada de huracanes?




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